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sábado, 28 de julio de 2007

sobre un viaje....




Como argumenta el filósofo español Gustavo Bueno, todo viaje implica necesariamente un camino. Es decir, una vía por la que el viajero se dirija sin error a cierto lugar; y en la que recorre un itinerario reglado, prefijado, seguro; sin que exista, en primera instancia, riesgo alguno. En este sentido estricto, viajar significaría "re-correr", volver a andar —"re-andar"—, un trayecto comprobado y repetible, cumpliendo con una serie de conductas normadas —"ceremonias"— que siempre incluyen una despedida, el desplazamiento por el espacio siguiendo caminos y la llegada a un sitio ajeno, con gentes ajenas, que mucho dista de ser igual a la "Patria" o punto de partida. Por último, y ya en la fase final de la experiencia: el regreso; necesario para que el viaje sea catalogado como tal.


Otra forma de periodizar al viaje sería dividirlo en tres momentos sucesivos y perfectamente compatibles con los arriba señalados.Ellos son:


El antes (Etapa I): es el tiempo preparatorio. El tiempo de las ansiedades y los miedos. La etapa en la que se canalizan todos los sueños, las aspiraciones y proyectos. También las fantasías. Es el instante de la preocupación; de la organización misma, con todos los inconvenientes que ello implica y con todas las alegrías que también se acumulan (mucha de ellas efímeras, pero revitalizantes). Es el momento de las idas y venidas, de los encuentros y desencuentros. De las lecturas previas, de la burocracia y el papeleo.

El durante (Etapa II): es, paradójicamente, la etapa más y menos intensa (comparada con las otras dos). En ella se acumulan los inconvenientes concretos, objetivos, del viaje. El hambre, el frío, el calor y la humedad, los atrasos, la falta de higiene y las desavenencias. La soledad. Es el momento del trabajo, de la acumulación de datos y sensaciones (que se almacenan con el propósito de analizarlas más tarde). También constituye la fase de los desengaños, de la realidad concreta, de los relativismos. Es ahí cuando advertimos que lo exótico siempre esconde por detrás a un hombre en camiseta; y que lo que es extraño para uno es algo cotidiano para otros. Durante el viaje surge el hastío. Las horas de aburrimiento se acumulan, cuando antes jamás se las había considerado o tenido en cuenta. También la desesperanza hace acto de presencia por no encontrar, muchas veces, lo que se buscaba. Aunque posee también un lado positivo: es el momento de la sorpresa, de la admiración, que —es obvio— nunca son permanentes, sino esporádicas. Mientras el viaje se vive, los sentidos se agudizan y se capta lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, con gran intensidad. Durante el viaje surgen los contactos, los amigos, los enemigos y competidores. La información se absorbe como si el viajero fuera una esponja y, sólo más tarde, será ordenada tomando un sentido lógico.

El después (Etapa III): Constituye el momento más agradable, satisfactorio e intenso. Quizás sea la etapa menos objetiva, especialmente si se la compara con la segunda. Representa el instante de la idealización. En esta etapa, todas las experiencias objetivamente adquiridas se literalizan, se vuelven texto. Los malos momentos quedan romantizados y los inconvenientes y peligros empiezan a ser llamados aventuras. Los inconvenientes se satirizan y la información recopilada empieza lentamente a organizarse bajo padrones muy particulares. Es como viajar de nuevo, pero sin sufrir en carne propia la pesadez del viaje real. Es el momento de las comparaciones, de la puesta a punto de los datos que se pudieron juntar. Al mismo tiempo, aparece la añoranza y —casi siempre— se termina por darle nuevo sentido a gestos, dichos y actitudes que, en su momento, fueron pasados inadvertidos. Es un viaje puramente intelectual.


..... tomado de Monografías.com

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